Cassinga, un recuerdo lacerante (III)

Entrada de Cassinga en la actualidad

Entrada de Cassinga en la actualidad

Rememorar el ataque a Cassinga sigue siendo doloroso para muchos veteranos cubanos. Jorge Martín recuerda que tuvo que camillear en el aeropuerto de Luanda a muchísimas víctimas todo un día, la mayoría namibios pero también a varios cubanos, “hasta el punto que tuve que quemar toda la ropa que tenía puesta, porque era más sangre seca que tela, después de tanto cargar muertos y heridos hasta las tiendas de campaña que se improvisaron a los lados de la pista, mientras los aviones iban y venían [trayendo heridos]”.

El lector Tchamutete, quien participó en la contraofensiva cubana, fue testigo de la crueldad del ataque sudafricano y de las dificultades para tratar a los heridos.

“Cuando llegamos a la entrada de Cassinga aquello era terrible, ni las fotos tomadas se asemejan a lo que vimos. Era dantesco, cadáveres por dondequiera. Mujeres, niños muertos y heridos, todos tirados, hombres sin brazos, mujeres sin piernas. No sabíamos qué hacer ni teníamos recursos para brindar ayuda a todos.

Había un hombre que tenía un tiro en el pecho y casi se veía del otro lado, otro a quien una esquirla de metralla le levantó parte del cráneo y se le veía la masa encefálica. Ya eran como las 6 de la tarde, oscurecía y con mechones nos alumbrábamos para evacuar los heridos -más de 500 y más de 400 muertos- al hospital cubano de Tchamutete.

Era horrible pues había un solo médico, el otro estaba de vacaciones. Hasta los sanitarios mayores amputaban piernas y brazos. Se acabó lo gasa y se corrió a las barracas a traer sábanas para hacer vendas. El medicamento estaba casi agotado, Allí me di cuenta de que yo también estaba herido a sedal en una mano y en un brazo había sangrado y ni había dado cuenta, quizá por la tensión del momento. El hospital había quedado sin protección [durante] todo el combate los angolanos que dejamos cuidando […] al primer tiro se quitaron el uniforme, dejaron la armas y huyeron a la selva. Tres días después se aparecieron”.

Pueden leer más sobre de excepcional testimonio aquí .

Paréntesis

La última guerra en Twitter: Estoy en la red social para comentar sobre mis investigaciones, lecturas, contactos, planes e impresiones personales mientras llevo este sitio.

En proceso: Para los veteranos de las batallas de Cabinda y Quinfandongo en 1975 cuyos comentarios he visto esporádicamente aquí, vamos a recordar esos sucesos clave la semana próxima.

Un joyita en la red: El blog HavanaLuanda, de reciente creación, con fotos excelentes de la Guerra de Angola, que tanto escasean. Se los recomiendo a todos.

Cassinga: ¿Batalla o masacre? (II)

 Víctimas del ataque sudafricano en el campamento Cassinga de la Swapo en mayo de 1978

Víctimas del ataque sudafricano en el campamento Cassinga de la SWAPO en mayo de 1978

Esta imagen del fotógrafo Gaetano Pagano le dio la vuelta al mundo  y marcó de manera indeleble la manera en que miramos  los sucesos del 4 de mayo de 1978 en el sur de Angola. Los cientos de cuerpos apilados grotescamente en una fosa común -no es posible distinguir sexo o edad- recuerdan las imágenes del Holocausto.

Las fotos de Pagano se convirtieron en una formidable arma propagandística de la SWAPO. Las aseveraciones sudafricanas de que Cassinga era un campamento de entrenamiento militar perdieron credibilidad ante la opinión pública y prevaleció la versión namibia de que se trató de una masacre contra un campamento de refugiados, no de combatientes.

En Namibia tras la independencia se declaró el Día de Cassinga, fecha que se ha convertido  “parte del mito fundacional de la nación”, como apunta el historiador  Gary Baines. En 1995, recuerda Baines, el presidente Sam Nujoma llamó a combatir “la campaña de desinformación dirigida a convencer a la opinión pública de que Cassinga servía como cuarteles  generales del PLAN* y que las víctimas eran combatientes armados”.

Para la mayoría de los veteranos  sudafricanos que participaron en el asalto se trató de una operación militar contra combatientes enemigos sumamente exitosa en su planeamiento, logística y realización, y fue celebrada por los paracaidistas de la SADF hasta 1996.

Pero al menos un soldado de las SADF confesó haber cumplido órdenes de no dejar sobrevivientes, señala Baines,  y otro testigo admitió  ante la Comisión de Verdad y Reconciliación de Sudáfrica -sin detallar- que se habían cometido atrocidades en Cassinga.

El comentario del lector Tchamutete sobre lo primero que vio al entrar a Cassinga ilustra los desmanes cometidos por el ejército sudafricano en el campamento de la SWAPO y confirma además lo que es sabido entre cubanos: en los campamentos de la SWAPO se mezclaban civiles y militares.

El historiador Edward George observa que “el rechazo internacional que siguió al ‘ataque de Cassinga’ fue aprovechado por el MPLA, la SWAPO y Cuba, contentos de dejar a un lado la embarazosa interrogante de cómo la SADF logró arrasar dos de los campamentos más importantes de la SWAPO con total impunidad. Las acciones defensivas de Cuba [ver post  previo sobre el tema] al ataque fueron lamentablemente inadecuadas y tomaría años reconstruir el daño hecho a la capacidad ofensiva de la SWAPO y a su reputación”.

*People’s Liberation Army: Ejército Popular de Liberación de Namibia

El ataque a Cassinga (I)

Fragmento de un material propagandístico de la SWAPO, con fotos de los muertos de Cassinga

Fragmento de un material propagandístico de la SWAPO, con fotos de los muertos en Cassinga

El ataque sudafricano en Angola más controversial y repudiado internacionalmente ocurrió el 4 de mayo de 1978. El gobierno de John Vorster, preocupado por el aumento de los campamentos de la SWAPO en el sur angolano, decidió lanzar un devastador operativo contra los dos principales:  Cassinga y Chetequera.

En la operación, cuyo nombre en clave fue “Operation Reindeer” (Operación Reno) participaron 527 paracaidistas del grupo de combate Bravo, que debían destruir el campamento de Cassinga (“Moscú”) y luego escapar en helicópteros. El campamento de Chetequera (“Vietnam”) sería atacado por vía terrestre.

La información de inteligencia sudafricana indicaba que ambos campamentos estaban bien defendidos, con trincheras, defensas antiaéreas y bunkers. Tras el ataque la SWAPO negó categóricamente que se tratara de un campamento militar y aseguró que allí sólo había refugiados: niños, mujeres y ancianos.

Todo parece indicar que Cassinga y Chetequera eran una mezcla de ambas cosas: campamentos de entrenamiento militar y de refugiados a la vez. De acuerdo con testimonios de ex internacionalistas cubanos que estuvieron en sitios similares de la SWAPO, los combatientes namibios se desplazaban con sus familiares y vivían junto a ellos.

A las 8 de la mañana, cuando los habitantes del campamento de Cassinga se concentraban en una explanada central, comenzó el bombardeo: los sudafricanos lanzaron cientos de bombas. Posteriormente los paracaidistas penetraron y remataron a numerosos sobrevivientes.

La retirada sudafricana comenzó en la tarde y en ese momento, los cubanos que estaban en la cercana base de Tchamutete (situada 16/17 km al sur de Cassinga) lanzaron una contraofensiva suicida.

Aviones Mirage y Buccaneers bombardearon la columna cubana, causando numerosos muertos.La cifra de víctimas fatales cubanas no aparece en los numerosos recuentos históricos oficialistas de la masacre, aunque el historiador Piero Gleijeses (en inglés) la ubica en 16 muertos y más de 80 heridos. Militares sudafricanos calculan que hubo unos 60 cubanos muertos.

Imágenes tomadas por fotógrafos occidentales en Cassinga horrorizaron al mundo al mostrar los cadáveres de 582 hombres, mujeres y niños.  El ataque, exitoso desde el punto de vista militar, fue  una derrota política para Sudáfrica, porque impulsó  la adopción en la ONU de la Resolución 435, que exigía la independencia de Namibia.

Les presento dos versiones antagónicas del suceso: en la prensa oficial cubana y en el website de un veterano sudafricano (en inglés)

Los cubanos: Ciudadanos de segunda

El escritor cubano Angel Santiesteban, autor del libro de relatos sobre Angola Sur: Latitud 13

El escritor cubano Angel Santiesteban, autor del libro de relatos sobre Angola Sur: Latitud 13

Primero estuvimos en Angola por quince años. Allí nos desgastamos por el capricho de llamarnos “internacionalistas”. La participación en esa guerra fue el precio de que Carter no pudiera retirar el Embargo a Cuba. Lo tenía casi logrado en aquel 1975. Luego Fidel Castro aseguró en el discurso del Congreso del Partido Comunista, que para Cuba era más importante la ayuda a aquel pueblo africano que la suspensión del Bloqueo. Por supuesto, nadie se molestó en preguntarle al pueblo cuál era su preferencia, cómo pensaba y qué votaba al respecto. Tampoco el pueblo sabía los planes en los que estarían incluidos los varones de esta tierra: serían enviados a una guerra lejana y ajena.

La guerra terminó en 1989, con un precio que aún estamos pagando, además de las secuelas físicas y psíquicas, nos mantienen el Embargo. Si aquel año se hubiera pensado primero en el pueblo cubano, como correspondía, hoy quizá tuviéramos un mejor desarrollo. Y no estoy contra la ayuda a otro país, todos somos hermanos, lo que duele es que por cincuenta años hemos estado pagando sin recibir nada a cambio. Sólo el sabor del sacrificio.

Ahora el Gobierno se queja del Bloqueo, lo que la economía ha perdido por esa razón, y a la vez, sirve de justificación para la frustrante economía cubana, porque los planes no se cumplen y le echan la culpa a las medidas norteamericanas. Creo que cuando un estudiante de música no tiene violín, la culpa fue por la elección de 1975, cuando se prefirió pensar en grande, influir en los destinos de la humanidad, y sin embargo, olvidaron la suerte de un pequeño pueblo. Cuando falta una medicina, por mucho que se critique a los yanquis, quien tiene más culpa es el dirigente que no pensó en su gente como primera prioridad.

Ahora vemos a la Angola de la posguerra, ha ido desarrollando gracias a sus recursos naturales. Los convenios con ese país ya no son para enviar soldados, ahora piden profesionales: médicos, Doctores en Economía, Historias, Matemáticas, quieren Científicos, los mejores y pagan bien. Aunque el gobierno les quita la mayor parte del salario a sus contratados. Y esos profesores regresan felices porque han ahorrado dinero que servirá para paliar la crisis.

Recientemente hemos visto con agrado que nos acompaña un nuevo blog: La última guerra, un esfuerzo por recobrar la memoria de aquellos dolorosos años, la manera de ponerle voz a los muertos, la inconformidad de esas vidas truncas por una conflagración que siguen sin comprender. De ahí la importancia del blog. Lo primero es no olvidar. Por mucho que los medios oficiales manipulen la historia, siempre resurgirá con la verdad. Y este blog puede considerase un comienzo de lujo para los cubanos. Los invito a leerlo, y a todos esos miles de cubanos que participaron en el conflicto africano y que mucho tienen que testimoniar, den a conocer la parte oculta de aquel capítulo infernal; y también, que opinen los millones de familiares que, de una forma u otra, sufrieron la pérdida, la separación, la agonía por la espera de la noticia fatal.

Eso es lo real, lo único que falta es que cada Gobernante cargue con su responsabilidad. Y con su conciencia, por supuesto.

(Publicado hoy en el blog de Angel Santiesteban, Los hijos que nadie quiso )

La emboscada de la que me salvé

Vista actual de la carretera entre Luanda y Viana

Vista actual de la carretera entre Luanda y Viana

La segunda emboscada que nos hicieron fue exactamente un mes después de la primera, coincidiendo con el segundo aniversario de la independencia de Angola, el 11 de noviembre de 1977.

Emboscaron una ambulancia a medio camino entre nuestro Puesto Médico en Viana y Luanda, al mediodía. Evidentemente la estaban esperando. La chocó de frente un camionzón salido de la nada y fue tiroteada no se sabe por  quiénes. Yo debía ir en esa ambulancia pero Heriberto (no recuerdo el apellido), que trabajaba en el Ministerio del Trabajo en Cuba, me pidió que lo dejara ir a él en lugar mío, porque quería aprovechar para ver a una noviecita enfermera que tenía en el hospital de Luanda.

Allí murió el médico Jorge Agostini, hijo del mártir del mismo nombre que fue víctima del gobierno de Batista en Cuba [asesinado el 9 de junio de 1955]; él era el jefe de nuestro puesto médico. También murieron el chofer de la ambulancia: “el guajiro”, cuyo nombre no recuerdo -era el mayor en edad de nuestro grupo de 23, con 47 años- y  el geógrafo cubano Miguel Mariche Suárez del Villar, cuya madre era jueza del Tribunal Supremo de justicia cubano y el padre era arquitecto o algo así. Mariche era mi compañero, él tenía la chapilla 77120 y yo la 77121.

Los tres heridos que estaban transportando se salvaron en la emboscada, porque iban acostados en el piso.

Mariche recibió un disparo en el medio de la frente. Iba leyendo, como siempre, en ese caso una “Historia de la II Guerra Mundial”, sentado en un asientico mirando para atrás. El chofer y el médico Agostini también murieron instantáneamente. Heriberto estaba sentado en el piso, en el fondo, en los pies de los heridos y no se veía de afuera. Él  tuvo heridas múltiples y, después de varias cirugías, con una pierna más corta y casi inútil, fue evacuado a Cuba.

Yo recogí las poquísimas pertenencias de Mariche, principalmente cartas y el libro que leía y las conservé hasta que regresé a Cuba y se las llevé a su madre, a quien nadie le había contado lo sucedido ni le habían dado atención alguna. Era hijo único y uno de los poquísimos solteros sin hijos. Mi regimiento completo era de “reservistas”, todos casados y la mayoría con hijos, porque en esa época todavía no habían empezado a enviar muchachos del Servicio Militar y se nos decía que se había demostrado que los hombres con familia resistían mejor las barbaries de la guerra.

A los tres muertos los enterramos nosotros mismos, sin ceremonia alguna, con máxima discreción, en el cementerio de Miramar en Luanda, que era uno de los dos cementerios grandes de la ciudad capital. Les correspondieron las tumbas 347, 348 y 349 del sector donde se enterraban los soldados cubanos, al fondo, sin más señal que la tabla con el número indicativo pintado a mano, en pura tierra y quitándoles todo, porque todo escaseaba, especialmente las botas.

No teníamos documentos ni joyas, ni siquiera relojes o anillos, porque todo eso nos lo quitaron al subir al barco en Cuba. Más nunca recuperé los míos y, que yo sepa, nadie lo logró. Eso era lo de menos, no teníamos ni una foto, sólo la chapilla con el número de cada uno al cuello, que se les quitaba a los muertos, por supuesto. Nada de ponerlas en la boca, porque eso es en los ejércitos en los que cada soldado tiene dos o una que se parte por el medio, pero como parte de las carencias cubanas de siempre en este casi medio siglo, cada soldado sólo tenía una, bastante rústica por cierto.

Nadie se ocupaba de nada, mucho menos los jefes. Yo conseguí una caja de armamento que vacié y ahí mal acomodamos a Mariche desnudo, por supuesto. No cabía, pero al menos estaba en una caja. Los otros dos sencillamente se envolvieron en nylon y se entizaron un poco con “esparadrapo” (venda adhesiva), que era lo único que teníamos y así se acostaron los tres cadáveres en el piso de la ambulancia y los llevamos, por nuestra cuenta, un chofer y yo al cementerio, con una pala y un pico. Estaban enterrados una o dos horas después de muertos.

Ese día nos llevaron una caja de 12 botellas de ron para los 20 que quedábamos y mandaron una escuadra de 8 soldados de una unidad cercana, para que nos “protegieran” y pudiéramos emborracharnos. Ese fue el glorioso velorio, tocando de todo lo que sonaba en una rumba interminable de borrachera hasta que cada quien se quedó dormido.

Yo no me emborraché, no me emborraché porque tenía miedo, como siempre tuve miedo allá…terror, siempre pensando sólo en cuidarme…es la verdad. Tomé, grité, canté, toqué en latas improvisaciones hasta que el cansancio me tumbó y creo que fui el primero en levantarme a media mañana siguiente. Hubo quienes no volvieron en sí hasta el subsiguiente día. Nunca más hablamos de eso, que yo recuerde.

Han pasado ya más de 30 años y me ha tomado mucho tiempo, pero hoy por hoy yo no justifico guerra “ni de independencia”, porque no hay nada peor, más ajeno a la naturaleza humana que matar semejantes que nada te han hecho, que ni siquiera conoces, que siente y padecen como tú, en aras de unos pocos. Siempre quienes matan y mueren realmente son más semejantes entre ellos que a sus respectivos “superiores”, esos que están tan tan por encima, tan tan lejos de morir o matar, que pueden dedicarse a…¿mejorar el mundo?

(Testimonio del economista Jorge Martín. Fue enfermero en Angola)

Rivalidades ancestrales

Soldados de la UNITA reciben con baile de la etnia ovimbundu a Jonas Savimbi, en 1986.

Soldados de la UNITA reciben con baile de la etnia ovimbundu a Jonas Savimbi, en 1986.

En Angola viven un gran número de mestizos y  varios grupos étnicos. De estos,  los dominantes son: Ovimbundu (hoy 37 % de la población), Mbundu (25%) y Bakongo (13%).  Puede decirse que cada uno de ellos estuvo representado por  las tres facciones angolanas durante la guerra civil.

Las filas de la UNITA estaban integradas por los ovimbundu, quienes se consideraban marginados del poder. La etnia principal del país se concentra en la zona que fue bastión de Savimbi, las provincias de Huambo y Bié. La mayoría habla el dialecto umbundu.

Los mbundu, mayoritariamente católicos, dominan el poder desde la independencia formal de 1975. Neto  era mbundu, así como Eduardo Dos Santos, el actual presidente. Su dialecto es el kimbundu. Se concentran en las provincias de Luanda, Bengo, Cuanza Norte, Malanje, y el norte de Cuanza Sul.

Holden Roberto, líder del FNLA, era bakongo. El embrión del FNLA fue la Unión Popular del Norte de Angola, cuyo nombre indica el territorio donde la etnia es dominante: las provincias de Uíge, Zaire y Cabinda. Su dialecto principal es kikongo.

El lector Luis Lobaina recuerda las pugnas entre los distintos grupos étnicos de Angola que le tocó presenciar:  “A veces hubo que salir a a frenar a las FAPLA, que daban golpes y le daban un tiro a cualquiera en un kimbo, ellos tenían problemas personales y problemas tribales con rivalidades muy viejas (…) los ovimbundos y todas esas tribus veían normal matar a alguien para resolver un problema familiar, la vida entre ellos no tenía ningún valor, y eso se reflejaba también en las FAPLA y en la UNITA. Me acuerdo una vez que hubo que rescatar al jefe de un kimbo porque lo iban a matar, ya lo tenían dentro de una goma de camión para echarle gasolina y meterle candela, tuvimos que llegar ahí , tirar unos tiros al aire para dispersar a la gente y entregárselo a la policía en Huambo para que no lo lincharan”.

¿Tuvo alguno de ustedes una experiencia similar a la de Lobaina? ¿Eran informados de antemano los internacionalistas cubanos de las rivalidades étnicas en Angola? ¿Qué orientaciones les daban en caso de presenciar un conflicto?