El papel de la URSS en Angola (updated*)

Asesores y especialistas militares rusos en Mulondo en 1983. Foto de V. Soldatenko. Tomado del blog HavanaLuanda

Asesores y especialistas militares rusos en Mulondo en 1983. Foto de V. Soldatenko, tomada del blog HavanaLuanda

Cautela, desconfianza y pragmatismo caracterizaron las relaciones de la dirigencia soviética  con el MPLA.

Aunque popularmente se cree que el Kremlin ideó y organizó  el envío masivo de tropas cubanas a Angola, los historiadores tienen otra  versión de los acontecimientos que respalda lo que ha dicho Fidel Castro: que los soviéticos sólo conocieron de la “Operación Carlota” cuando ya estaba en marcha.

El historiador noreuego Odd Arne Westad, uno de los pocos que tuvo acceso a los archivos soviéticos, señala que tras el reporte de Raúl Díaz Argüelles sobre la situación del MPLA, al que hemos hecho referencia aquí, el 15 de agosto Fidel Castro le envió un mensaje al líder soviético Leonid Brezhnev. Le  pidió ayuda logística con el transporte de hombres y armas a Angola así como el respaldo de funcionarios soviéticos tanto en La Habana como en Luanda a fin de planear operaciones militares.

Posiblemente el Kremlin se hizo  de la vista gorda ante el mensaje,  demoró su respuesta oficial y los cubanos decidieron actuar.

En su libro “Conflicting Missions, Havana, Washington and Africa 1959-1976”, el historiador Piero Gliejeses señala que los líderes soviéticos temían que un envío masivo de tropas a Angola pudiera perjudicar sus relaciones con la mayoría de los países africanos y que tampoco estaban convencidos de que la situación en el país requería una medida tan drástica.

Por otro lado, Brezhnev no quería perjudicar las conversaciones contra Estados Unidos sobre el tratado de limitación de armas estratégicas conocido como SALT II.

El 4 de noviembre de 1975, un documento de Yevgeny Afanasenko, embajador soviético en Congo Brazzaville, indicaba que su contraparte cubana en Angola, Arquímides Columbié, le había informado que “un regimiento de artillería cubana ya está combatiendo en Luanda”.

En entrevista con Westad, el ex vicecanciller ruso Georgi Kornienko relata que tras ese mensaje consultó con la cúpula soviética y ninguno de sus miembros -Gromiko, entonces canciller, Andropov, jefe de la KGB y Grechko, ministro de Defensa- tenía conocimiento de la operación cubana. El asunto fue llevado al Buró Político, que se opuso, pero cuando el mensaje soviético en contra de la operación cubana llegó a La Habana, ya era demasiado tarde y al Kremlin no le quedó otra opción que aceptarla.

Para complicar las cosas, Kornienko señala que el personal soviético que respaldó a los cubanos en el traslado aéreo creía que la operación estaba autorizada por el Kremlin. El historiador Edward George considera incluso que la rama militar soviética pudo haber estado actuando de manera independiente de la política.

Según los sudafricanos, los dos asesores militares rusos que aparecen en la foto murieron durante la Operación Protea en 1981/Foto tomada del blog HavanaLuanda

Según los sudafricanos, los dos asesores militares rusos que aparecen en la foto murieron durante la Operación Protea en 1981/Foto tomada del blog HavanaLuanda

La dirigencia soviética desconfiaba del MPLA, al menos inicialmente, como revela un documento de Arquímides Columbié, fechado el 18 de diciembre de 1975:

“Señala la fuente (soviética)  que un aspecto también de mucha importancia a tener en cuenta son las relaciones de  Neto con los yanquis y nos indica que el mes de septiembre de este año se entrevistó con el antiguo cónsul de Estados Unidos en Luanda expresandole a este que si los americanos reconocían su gobierno y no se comportaban de una manera hostil con ellos, él podría dar garantías a sus inversiones en Cabinda”.

El documento completo aquí

La reticencia soviética a involucrarse más en Angola duró todo 1975,  año en que se limitaron a cumplir los envíos de armamento previamente acordados. Pero cuando la balanza comenzó a inclinarse en favor de los cubanos y el MPLA, se montaron en el carro. “Tras dejar que Cuba cargara con todos los riesgos del fracaso, los soviéticos ahora podían entrar como el supervisor benevolente de la Operación Carlota, ganando un nuevo aliado africano con escasos riesgos para ellos”, explica Edward George.

En enero de 1976, Moscú accedió a transportar tropas cubanas en 10 vuelos de sus aviones IL-62 y luego firmó un protocolo militar compromotiéndose a suministrarle al MPLA y los cubanos el armamento necesario para la guerra.

*He agregado los dos últimos párrafos para aclarar cuál fue el grado de compromiso del Kremlim en Angola después de 1975.

Pueden ver interesantes fotos de los rusos en Angola en el blog HavanaLuanda.

Un relato de Angel Santiesteban

Soldados cubanos en Angola. Foto de Ernesto Fernández, tomada del blog HavanaLuanda

Soldados cubanos en Angola. Foto de Ernesto Fernández, tomada del blog HavanaLuanda

Dos pájaros de un tiro (3)

Había un joven de tropas especiales al que yo le dedicaba mucha atención. Todos decían que estaba loco. Se metía solo en los montes y se iba lejos a hacer exploraciones sin que nadie se lo ordenara. Pensábamos que quería salir de esto de la forma más fácil: que lo mataran. Cuando el mando explicaba una misión peligrosa, pedían a la gente que se brindara y él se ponía de pie primero que nadie.
Un día le pregunté por qué lo hacía. Me dijo que había venido a vengar a su padre, que lo habían matado en el 75. Decírmelo precisamente a mí, que pensaba que eso nada más sucedía en las películas.

(Tomado de Sur: Latitud 13, premio UNEAC de cuento 1995, Ediciones Emily, 2005, España)

Fin de año en Angola

Ambiente navideño en las calles de Luanda

Ambiente navideño en las calles de Luanda en diciembre de 2009

Seguramente a muchos de los lectores les tocó pasar fines de año en Angola durante la guerra. ¿Qué recuerdos les vienen a la mente cuando rememoran esos días? ¿Cómo eran las fiestas que se celebraban? ¿Compartían todos por igual?

Aprovecho para desearles una agradable temporada de fiestas  y que el 2010 sea un año mejor para todos.

Luanda, la ciudad más cara del mundo

Luanda hoy

Luanda hoy

LUANDA (AFP) – Considerada por la revista Forbes como la ciudad “más cara del mundo para los extranjeros”, Luanda, la capital de Angola, es también una de las más desiguales del planeta, con millones de pobres instalados junto a hoteles de lujo y vehículos todo terreno, surgidos de la bonanza petrolera.

Un tráfico infernal, una nube de contaminación, una masa humana en constante movimiento, calor y humedad, ‘monoblocks’ derruídos de los años 60, grandes avenidas, favelas, el mar, edificios en construcción elevándose como champiñones… Sí, no hay duda, Luanda es el reino de la ‘confuçao’, como repiten los angoleños.

Lean el resto del reportaje aquí.

Sería interesante que algunos de los cubanos que estuvieron durante la guerra en Angola y ahora están allá nos cuenten cómo ha cambiado la ciudad.

¿Alguien conoció a mi padre en Angola?

Una de las medallas otorgadas a los internacionalistas de Angola

Una de las medallas otorgadas a los internacionalistas de Angola

Leer los relatos publicados en este blog me convierten en un testigo silente de cuánto dolor crean las guerras. Es como una ventana a lo que pasó mi padre en África. A su regreso a Cuba nunca me quiso contar ningún “cuento” . “Pipo! ¡dime un cuento de la guerra, compadre” – “No”.  Ahora los leo aquí y no puedo evitar que en momentos se me humedezcan los ojos.

Mi padre ya murió en Cuba. Yo solo vi las fotos de su funeral y sus medallas. Siempre he querido saber por lo que él pasó.  Su nombre era José Ramón Mariño Fernández.  Era dermatólogo del Hospital Militar de Marianao, y despues fue epidemiólogo del ejército central con su oficina en Matanzas.  Fue a África de capitán y cuando regresó lo convirtieron en mayor. Creo que estuvo en Angola en la segunda mitad de los años 70.

Nosotros somos de Rancho Boyeros, La Habana. Me acuerdo que un buen (mal) día yo regresé de  la escuela; mi madre lloraba y no vi a mi padre durante mucho, mucho tiempo.  Nos decían que estaba en Camagüey.  Todo era secreto, hasta que  nos dijeron que estaba en Angola.  Me dio rabia el engaño.  Uno es muy joven pero no es bobo.  En aquel entonces culpaba a mi padre por no decirnos.

Un par de veces mencionó que el avión de transporte militar en el cual viajaba se había extraviado sobre territorio de Namibia y que el tiroteo fue intenso. En otra oportunidad se le escapó que tenían que tener cuidado con los angolanos pues por el día estaban con los cubanos y por la noche trataban de asesinarlos cuando dormían.

Un compañero de él me dijo un día: “Oye, chamaco” – apuntando con su dedo índice a mi padre – “Tu papá no es ningún pendejo, OK? Eso es para que sepas”. 
 
Si alguien lo conoció y me puede contar algo por favor escribirme a pepemarino@gmail.com. (Testimonio del lector Pepe Mariño)

El último ajiaco (fragmento)

—De los muertos de Angola hay uno que nunca se separa de mí. Es Pablo de Armas –asevera Ramón y, sin que los camareros del restaurante lo adviertan, saca de debajo de la camisa la botella de Bacardí que trae oculta y vierte un chorro en el suelo–. Bebe en paz, hermano, bebe en paz y custodia nuestro viaje y, si el asunto sale mal, espéranos con lo que sabes que nos gusta en la puerta del infierno.

El Capitán de las Tropas de Destino Especial, Pablo de Armas, y Ramón Rivera se conocían desde Cuba y era de las pocas personas que éste respetaba aunque le llamara en tono burlón El Rambo del Caribe. Se habían conocido cuando El Loco, como oficial de la reserva, fue movilizado durante cuarenta y cinco días con el cargo de comisario político al Batallón de paracaidistas donde Pablo era el jefe.

—Este guajiro es una tranca –me dijo El Loco al presentármelo en el edificio de la embajada cubana de Luanda.

Pablo nos sacó del hotel de la portuguesa y nos llevó a vivir al apartamento que tenía frente al Hotel Trópico.

—Hay un cuarto vacío –le explicó a Ramón– y más vale un hijo de puta conocido que otro por conocer. Si me entero que tú o tu socio se extralimitan con mi mujer los cuelgo a los dos por los huevos. ¿Entendido?

Pablo estaba enamorado como un perro de Sandra, una anestesista cubana que había conocido en Angola y quería gente de confianza bajo su techo. Cuando regresé a Cuba El Loco siguió viviendo allí y entre él y Sandra surgió una relación de hermandad que todavía se mantiene.

Cuando Rivera, en Cangandala, pisó una mina y por poco se muere, Pablo en persona fue a rescatarlo y no lo dejó hasta que lo vio entrar en el quirófano. De esa amistad escribí en mi novela No vine a morir. Pero de aquello habían pasado muchos años y Ramón ahora le rendía tributo.

—Comemierda, venir a regalarse así –machaca Ramón y vuelve a derramar otro chorro de ron en el suelo–. ¿Por qué, coño, herido como estaba, tuvo que ponerse a estar llevando a cuestas al moribundo que encontraron en la aldea? ¡Fueron tres horas, herida con herida y sangre con sangre caminando en medio de la selva! Así cualquiera se contagia.

Era casi el final de la guerra y Ramón, con un pulmón de menos y ya restablecido, había logrado que lo enviaran de nuevo a Angola.

—Cuando tú pises tierra cubana, vivo y coleando, yo te haré la foto —le había prometido El Loco al Capitán y por eso se las arregló para, al final de la guerra, regresar junto a él en el mismo avión a Cuba.

Cuando aterrizaron, Pablo iba delante. Vestía uniforme de camuflaje y en el pecho lucía todas las medallas al valor que otorgaban las fuerzas armadas cubanas a los combatientes internacionalistas. A unos veinte metros estaba la banda de música y los funcionarios del gobierno que, por decreto, tenían que ir a recibir a los que regresaban de la guerra.

—Míralos, con las guayaberitas. Huelen a perfume. Los buitres, los capitanes Araña –le comentó Ramón al oído al pasar por su lado. Era algo que les molestaba a los dos.

Pablo le miró de soslayo y asintió con la cabeza recordando que ya, en otras ocasiones, le había referido la falsedad de los recibimientos.

—Cállate, no me rompas la alegría. Bastante tengo con tener que saludarlos –le comentó en voz muy baja y comenzó a bajar la escalerilla.

Ramón preparó la cámara y, a codazos, adelantándose, saltó a tierra. Quería una foto en el momento en que Pablo pisara tierra cubana. Encuadró su figura y hasta logró captar el resplandor que producían algunas de las condecoraciones en la pechera de su uniforme. Le gustó su expresión seca y dura en contraste con la sonrisa y las banderitas que agitaban el resto de los combatientes.

No hubo tiempo para la tercera toma. De pronto vio salir por la parte de atrás de la escalerilla del avión a dos integrantes de la Policía Militar quienes, tras saludar marcialmente al Capitán, lo separaron del resto de la fila y lo condujeron directamente a una ambulancia.

—¡Es una equivocación! –le escuchó decir.

Ramón perdió el hilo de la conversación porque la banda de música comenzó con su fanfarria. Se acercó a la carrera y, en el momento en que se llevaba la cámara al rostro, uno de los policías militares se le interpuso e hizo ademán de querer arrebatársela.

—Si me tocas, aquí se jode uno de los dos o los dos juntos –le advirtió Ramón dispuesto a todo.

Lo rodearon.

—Es cierto que nadie me tocó — me contó Rivera—. Entonces, se acercó un teniente que, para colmo, yo conocía porque había estado conmigo en Nicaragua. “Loco, sígueme y no armes un escándalo aquí porque te partirán los cojones, me advirtió. Tú sabes que cumplimos órdenes. Sígueme, que todo se aclarará dentro de poco”.

—¿Qué pinga pasa con el Capitán? –le preguntó El Loco.

—El va donde tiene que ir y tú irás donde te llevo.

Horas más tarde le decomisaron el rollo y fue puesto en libertad con la advertencia de que, si contaba algo, como primer teniente de la reserva, sería juzgado por revelar secretos militares.

Tres meses después de aquellos hechos y tras tocar en muchas puertas, Rivera fue autorizado a visitar a Pablo de Armas. Al Capitán, por sus méritos militares, se le había asignado una habitación individual en el sanatorio Los Cocos. Tenía SIDA.

El gobierno de Cuba, cuando tuvo que admitir que aquel mortífero virus había roto las defensas de su encumbrado sistema de salud, lo achacó a que un homosexual cubano lo había contraído en Nueva York. Jamás, ni entonces ni ahora, ha reconocido que muchos casos de SIDA y otras enfermedades mortales fueron traídas a la Isla por quienes cumplían misiones internacionalista en casa del carajo. La existencia de Los Cocos era considerada un secreto de Estado.

Pese a ello, valiéndose de amistades, El Loco pudo acompañar a Sandra, la mujer de Pablo que ya estaba en Cuba, cuando fue a visitarlo el día de su cumpleaños.

—A petición de Pablo, la noche antes, ayudé a Sandra a hacer una tarta —recordaba El Loco— y dentro, camuflado, metimos un mágnum Python 44, que era el arma preferida de Pablo. Lo demás que levamos fue una botella de Jhonny Walker etiqueta negra. Aunque los tres sabíamos que aquel era nuestro último encuentro no hubo dramatismo ni histeria. “Quiero que te busques un hombre bueno que te haga feliz y te sepa dar donde te gusta — le aconsejó Pablo a su mujer—. El luto es para quienes tienen cargo de conciencia y tú me amaste como nadie”.Quise dejarlos solos y me encaminé hacia la puerta. “No, tú te quedas aquí, picha loca —me frenó El Capitán—. Tú, como ella, has hecho lo que tenías que hacer. Lo único que quiero es que, si a ésta se le acerca un hijo de puta, le metas dos patadas en el culo. Que sepas que si alguna vez estás en peligro puedes invocarme y que si los espíritus existen, yo estaré contigo”.

Sandra se acercó a su marido y Pablo hizo un gesto con las manos abiertas indicándole que se detuviera.

—No, no me toques. Nadie sabe todavía cómo se contagia esta mierda. Vamos a brindar.

—Estaba entero —enfatizaba Ramón—. Él mismo sirvió los tragos y con un movimiento de cabeza señaló, sin tocarlos, nuestros respectivos vasos. Tras beber, se echó a reír y comentó: “Loco, ¿te imaginas que después de haberme cagado tanto en Dios de verdad exista?”.

—Ay, Pablito –dijo Sandra y le agarró las manos sin que él, está vez, pudiera impedirlo.

—Yo no lloraba por fuera, pero los lagrimones me ahogaban por dentro y les di la espalda —me contó Rivera—. Entonces, sentí sus manazas de oso sobre mis hombros y me dijo al oído: “Gracias por todo, hermano. Llévatela ya, que esto hay que terminarlo”. No tuve cojones para mirarlo a la cara e impulsado por su leve empujón me encaminé a la puerta. Sentía, por el ruido de los pasos, que Sandra me seguía. Cuando llegamos a la posta que estaba a la entrada de Los Cocos escuchamos el disparo. Fue un tiro limpio, en la boca. No nos dejaron salir. Como a las tres horas llegó el oficial de contrainteligencia militar y nos interrogó por separado.

—Ella declara que fue ella y tú dices que fuiste tú quien trajo el revólver. Y uno de los dos tuvo que ser porque un arma no vuela. Esto tenemos que investigarlo –le dijo el oficial a Ramón en un tono seco y amenazante–. Los héroes de la Patria nunca se suicidan, mueren en el cumplimiento del deber.

—El capitán murió de Sida y no era maricón. Yo, a diferencia de usted, lo conocí en la guerra. Al menos, dejarán publicar una nota en el periódico, ¿no? —le preguntó Ramón sin ocultar el desprecio que sentía por los oficiales de contrainteligencia—. ¿Es que piensan dejarnos encerrados aquí porque sabemos lo que pasa?

—Yo cumplo órdenes y esto es lo que hay. Ya nos pondremos en contacto con ustedes. Y ni una palabra a nadie. ¿Comprendido?

A Pablo de Armas lo enterraron en secreto y nunca más llamaron a Sandra ni tampoco a Ramón. Ella, asqueada de todo, se fue de Cuba cuando el Maleconazo y ahora vive con una enfermera amiga suya, cerquita del Mercado de las Pulgas de Miami. Hace poco El Loco la fue a ver y le contó, ya borrachita, que después de Pablo no soportó que ningún otro hombre la tocara.

(Fragmento autobiográfico de la novela inédita El último ajiaco, de Emilio Surí Quesada. El autor ha tenido la gentileza de publicar este avance en exclusiva en La última guerra)

Díaz Argüelles: Una mirada crítica

Panteón donde estuvieron los restos de Díaz Arguelles en Luanda, Angola. Cubanos le rinden homenaje el 11 de diciembre de 2009

Panteón donde estuvieron los restos del general Raúl Díaz Argüelles en Luanda, Angola. Cubanos le rinden homenaje el 11 de diciembre de 2009

El pasado 11 de diciembre, el periódico oficial Granma  daba cuenta de un homenaje realizado en Luanda al general de brigada Raúl Díaz Argüelles, quien pereció hace 34 años en Angola a causa de la explosión de una mina.

Argüelles, el primer jefe de la Misión Militar Cubana en el país africano,  tenía reputación de ser un militar osado y valiente.  Pero su desempeño en los primeros momentos de la guerra fue errático, de acuerdo con el análisis del historiador Edward George, autor del libro más exhaustivo sobre Cuba en Angola, “The Cuban intervention in Angola, 1965-1991”.

En su análisis, George señala que en vísperas del lanzamiento de la Operación Carlota, Argüelles dio reportes contradictorios sobre la situación en el terreno.  El 1 de noviembre de 1975, le escribió al general Abelardo Colomé Ibarra (Furry), quien estaba en La Habana, que el MPLA tenía ventajas sobre el enemigo, pero tres días después pidió refuerzos. ¿Qué lo hizo cambiar de opinión? La batalla de Catengue, el 2 de noviembre de 1975.

Ese fue el primer enfrentamiento entre cubanos y sudafricanos en Angola. Duró nueve horas y las fuerzas angolano-cubanas sufrieron un duro golpe. Allí se registraron las primeras bajas reconocidas oficialmente por los cubanos: cuatro muertos. Los de las FAPLA perdieron varios hombres, mientras que los sudafricanos tuvieron al menos 10 heridos.

George considera inexplicable que la MMCA no supiera de los enfrentamientos entre las FAPLA y los sudafricanos que tenían lugar desde octubre y que había provocado la retirada del MPLA de algunas ciudades.

Argüelles tuvo a su cargo la enorme responsabilidad de organizar la avanzada cubana en Angola, y salió bastante airoso de ella.

Su paso por Angola fue brevísimo: tan solo tres meses. Murió en un momento difícil para las tropas que tenía bajo su mando: tras una derrota en la llamada “Batalla del puente 14”,  Argüelles había ordenado la retirada a fin de organizar el contraataque. En esas circunstancias, su vehículo impactó la mina terrestre que le costó la vida.