Un desvío muy costoso

Boinas rojas cubanas

Boinas rojas cubanas

En mi unidad en Huambo eran siempre dos los soldados que llevaban el correo al regimiento cada día y recogían lo que hubiera llegado. Por lo general había un camión que iba diariamente dos veces de nuestro campamento a ese lugar. Un día de 1986 no hubo camión por no haber petróleo y los dos soldados de turno tuvieron que ir a cumplir su misión a pie.

Como la Caperucita Roja o Ricitos de Oro, se desviaron de su camino: se entretuvieron con unas cuantas kwanzas en el bolsillo, se fueron a la candonga, se compraron una botella de vino y se la tomaron. Nuestro batallón era bastante mal visto por las otras unidades, por una simple razón que llevaba al equívoco siempre: éramos de Tropas Especiales y usábamos boinas rojas, las mismas que usaba la Prevención (o Policía Militar, encargada de cazar desertores o prófugos del SMG, Servicio Militar General) y con los cuales nada teníamos que ver. Pero los demás soldados y oficiales nos veían con rencor y miedo, y hasta el Estado Mayor de la Guarnición a la que pertenecíamos se atrevía a “embarajarnos” cuotas de comida y combustible, en represalia por viejas rencillas ocurridas con la Prevención en Cuba, y nos dormían con el cuento de las asignaciones que no habían llegado.

Cuento este detalle porque fue decisivo en lo que sucedió a mis dos compañeros. Tras la embriaguez perdieron el control y al ver unas gallinas y pollos que deambulaban libres a la orilla del camino les dispararon, con la idea de recoger algunos y llevarlos de regreso al campamento y asarlos en grupo. No previeron que ese “inocente” tiroteo que armaron para cazar los pollos fue en las inmediaciones de una kimbería, y no muy lejos del Regimiento.

Los habitantes de la kimbería interpretaron el “asalto” como una muestra de violencia de los cubanos hacia ellos, y desde el regimiento la guardia reportó el tiroteo a plena luz, perfectamente visible desde las postas. Un cuarto de hora después los habían hecho prisioneros y dieron la alarma de combate a nuestro batallón. El objetivo era realizar un conteo físico, que resultaba innecesario pues en una escuadra como la nuestra solo faltaban oficialmente dos hombres y todos sabían que eran los del correo, pero así y todo el jefe del Batallón quería estar seguro de que eran dos hombres de los nuestros los del cuento…

Los dos soldados fueron apresados y enviados a nuestra unidad hasta ser juzgados por el tribunal de guerra.

Allí los trinkas los metieron en un calabozo que quedaba dentro del dormitorio de los oficiales, les pusieron dos guardias frente a la reja de hierro con candado, y prohibieron a todo el mundo el contacto con ellos. Nada de café y cigarros, bañarse o afeitarse; sólo se les permitió una comida al día y eran escoltados hasta la letrina por dos soldados del pelotón “suicida”, como le decían a los reclutas del SMG de nuestro batallón mixto, que se creían Rambos en miniatura.

Los trinkas solían asomarse a la reja a mirarlos durante largos minutos sin decirles nada, para martirizarlos sicológicamente; cosa innecesaria pues ellos jamás negaron la tontería que habían cometido. El jefe de su escuadra pidió permiso para llevarlos a bañarse cuando ya llevaban tres días allí, lo que le fue concedido al 5to dia, cuando ya apestaban más que el resto de nosotros. En nuestro campamento no había agua, había que esperar a que cayeran esos aguaceros que duraban a veces 10 horas, o  traerla en pipas del regimiento o de la Unidad Táctica de Tanques y eso ocurría una vez a la semana. Los que intentaron bañarse con agua de unos pozos cavados en la arcillosa tierra de aquel lugar terminaban podridos de nacidos, pústulas y costras en la cabeza.

Al final se les hizo el juicio. Los trinkas expropiaron todas sus pertenencias, con el pretexto de que la mitad pertenecía al Ejército por ser cosas militares y la otra mitad era producto del candongueo, considerando como pacotilla. Uno de los dos, tras mucho esfuerzo, logró salvar su reloj porque pudo mostrar que fue un regalo de su padre fallecido, quien lo había recibido como Vanguardia Nacional en Cuba. Como era un reloj bueno, uno de los trinkas ya le había echado el ojo, pues todo el mundo sabía que ellos se repartían las cosas que les expropiaban a los que cogían candongueando.

El incauto e inocente “asesinato” de una gallina -cuyo fin era comerla en grupo ante la escasez de alimentos que sufríamos por la tacañería del regimiento- y por el cual la dueña nativa pidió indemnización y todo, se convirtió en motivo de escarnio y prisión. Al ser los acusados dos tipos con boinas rojas, fueron sentenciados con más rigor y saña: dos años de privación de libertad en Cuba. Fueron sentenciados a ser “enyesados” -expresión que aludía al inicio de la guerra, cuando a los cubanos repatriados por problemas se les enyesaba todo el cuerpo como una manera de maniatarlos sin mostrar esposas o cadenas, pues eso daba una mala imagen y además la guerra de Angola en aquellos años del inicio, como todos saben, era algo secreto.

Para cuando ocurrió esto que cuento, ya no se usaba ese procedimiento -si es que se usaba, pues eso está dentro de los cuentos que uno escuchaba allá y nunca pude comprobar si era cierto.

Pues fueron repatriados como presos de guerra y tuvieron la suerte de que un alto oficial de las FAR que “construía su casa con recursos propios” y con el trabajo de presos convertidos en obreros de la construcción (por supuesto, la casa no le costó nada hacerla), un tipo bastante “buena gente”, se conmovió con ellos y los puso bajo su mando, y por buena conducta libraron un poco antes. De lo que nunca se libraron fue del escarnio de haber estado presos casi dos años por matar una gallina y haber perdido el prestigio de la medalla de Internacionalista, ademas de los carnés de la UJC.

¿Cuántos años les debían haber echado a los altos oficiales que solían cazar gacelas ? ¿O a los trinkas nuestros que sacaron del almacén 5 sacos de arroz de un batallón que agonizaba de hambre para comprarse en la candonga una moto con side-car para sus “operaciones secretas”?

(Testimonio del lector Murcielaguito)

Lista de los caídos

Entierro masivo a los caídos en Angola el 7 de diciembre de 1989.

Entierro masivo a los caídos en Angola el 7 de diciembre de 1989. Foto tomada del blog HavanaLuanda.

A partir de hoy pueden consultar en el encabezado del blog y aquí, la lista de cubanos caídos en Angola que se encuentra inscrita en el monumento Freedom Park de Sudáfrica.

Los nombres que reproduzco fueron entregados en el 2006 por la embajadora cubana en Sudáfrica, Esther Armenteros, al administrador del Freedom Park, Dr Mongane Wally Serote.  En cambio, los nombres de los sudafricanos muertos en la guerra de Angola fueron excluidos del lugar, provocando una gran controversia en el país, sobre la que se pueden informar en posts previos, aquí y aquí .

Ha habido varias versiones oficiales sobre las estadísticas de los muertos cubanos desde 1989: 2.077, 2,289 y este final de 2,106. Como se conoce, a raíz del entierro masivo del 7 de diciembre de 1989, denominado por las autoridades cubanas Operación Tributo, el diario Granma y los periódicos de las 14 provincias y el municipio especial Isla de la Juventud, publicaron los listados (el total nacional y los nombres desglosados por cada territorio), pero por razones obvias no fueron digitalizados.

La lista llegó primero a The Miami Herald por vía de Peter Pollack, un historiador aficionado que escribe sobre la batalla de Cuito Cuanavale, y quien la obtuvo del Freedom Park.

La contribución de este esfuerzo es que por primera vez la lista oficial de caídos en Angola se publica en Internet. No está organizada alfabéticamente y en muchos casos no aparecen los primeros nombres de las víctimas, pero constituye un primer paso hacia la búsqueda de la verdad y hacia el homenaje duradero que merecen nuestros muertos: ¿Cuántos cubanos realmente murieron en Angola? ¿Está completa la lista?

La guerra de las verdades

Por Ezequiel Pérez Martín

Probablemente yo sea uno de los cubanos que menos tiempo estuvo en Angola, de entre los cientos de miles que fueron a ese país durante los primeros 15 años de la guerra civil que se extendió desde 1975 hasta 2002.
Pero mi corta estancia bastó para darme cuenta de lo que había detrás de dos hechos específicos que durante muchos años se han movido en el campo de los rumores y las especulaciones: las reacciones allí sobre el fusilamiento del general Arnaldo Ochoa y la verdadera cantidad de cubanos que murieron durante el conflicto bélico en ese país.
Mi presencia en Angola se limitó a 21 días y no tuvo nada que ver con el campo militar de la vida real, aunque sí con el de la ficción, porque fui como periodista a realizar reportajes cinematográficos y terminé haciendo tres pequeñas escenas como actor en la película Caravana, la primera en la historia de la cinematografía cubana que se filmaba totalmente fuera del territorio de la isla.

Llegue un mediodía de octubre de 1989 al aeropuerto de Luanda y de allí me trasladaron directamente a un set de filmación, para comenzar a realizar de inmediato mi trabajo periodístico. Me vi por primera vez en medio de cámaras, micrófonos, cables, gritos del director, del productor, de actores y técnicos y de mucha tensión porque se estaba comenzando a ocultar el sol y había que filmar rápidamente una escena antes de que el astro rey hiciera mutis.
Un par de noches después Rogelio Paris, su director, se atrevió a pedirme lo inesperado. Necesitaba que yo hiciera un papel en el filme, pues el actor que estaba asignado para darle vida a ese personaje, había tenido un problema personal en La Habana y, definitivamente, no asistiría a la filmación.
Rogelio no tenía tiempo que perder y contaba con pocas opciones.
Argumentó que yo podría desempeñarlo porque era algo simple, porque yo podía hablar inglés (lengua materna del personaje) y porque mi físico se asemejaba al de un surafricano blanco.
Y así me vi metido dentro del traje del general Van Beck, la pieza principal de la maquinaria de apoyo a los rebeldes de la UNITA. O sea, yo era el peor enemigo de los cubanos en la película (tiempo después, mi hijo Ernesto me preguntaría, siendo un niño de unos seis o siete años: “Papá, lo que no entiendo es que si tú eres el más malo de todos, ¿por qué no te matan en la película?”).


Había mucha presión por concluir el rodaje a causa de dos razones principales (pero no las únicas): muchos cineastas, actores y personal de apoyo llevaban ya seis meses en Angola y por otro lado los equipos de filmación se necesitaban ya en La Habana.
Esto quiere decir que cuando se llevó a cabo en Cuba el fusilamiento del general Arnaldo Ochoa, la gran mayoría de ellos estaba en Angola.
Por mis actividades periodísticas tenia que trasladarme frecuentemente desde el campamento militar donde vivíamos hasta Luanda, para transmitir mis reportajes vía telefónica a La Habana. En varios de esos viajes tuve que visitar el comando general de las tropas cubanas en la capital angolana.
Durante muchas horas, a la espera de que apareciera un vehículo que regresara al campamento, conocí en el centro de mando a muchos cubanos que hacía meses o años se desempeñaban como militares en ese país.

¡Y cuál no sería mi sorpresa al ver que la mayoría de ellos siempre trataba de conocer las reacciones de sus compatriotas en la isla tras la muerte de Ochoa!
Era un tema recurrente. Siempre querían saber más y más. Pero si eso me sorprendió, peor aún fue cuando también una buena cantidad de ellos me confesaba en secreto, que no estaban de acuerdo con “lo que hicieron con el general”.
Escuché muchas anécdotas sobre el carisma y la popularidad de Ochoa. Decían que el general se preocupaba siempre por el bienestar de sus subordinados. Era realmente un hombre de mucho arraigo entre su tropa y me fui de Angola con la impresión de que aquellos soldados y oficiales estaban profundamente enojados y frustrados por la decisión del régimen de fusilarlo.
En el campamento ocurría otro tanto. No sólo por parte de los militares que se ocupaban de nuestra seguridad, sino entre algunos actores y técnicos. Se les notaba en su forma de expresarse la simpatía que sentían por Arnaldo Ochoa.
Asimismo, escuché más de un testimonio, matizado por el enojo, la frustración y el miedo a revelarlo, sobre la cifra de cubanos muertos en Angola. Muchos de los que confiaron en mí me dijeron que en el cementerio destinado a ellos había más de 10 mil tumbas.

Pocos años después, el régimen cubano anunció que serían trasladados a la isla los restos de todos los caídos en la guerra de Angola. La cifra era sustancialmente menor a la que aseguraban los mismos que estuvieron arriesgando sus vidas en aquel país, la mayoría de ellos en contra de su voluntad, pues aunque la versión oficialista decía que eran defensores del “internacionalismo proletario”, en su fuero interno sentían que aquella era una guerra que no tenía nada que ver con el pueblo cubano.
En el enfrentamiento entre “verdades individuales” y “verdades oficiales”, las últimas suelen prevalecer sobre las primeras… pero sólo temporalmente, hasta que desaparezcan las circunstancias que les permiten a los “escritores de historias oficiales” seguir ocultando la realidad.
Cuando la historia verdadera salga a flote, se verá si aquellos rumores y especulaciones, emitidos bajo el síndrome del terror inherente a todo régimen totalitario, sirven como fieles exponentes del dicho popular “cuando el río suena es porque piedras trae”.

Ezequiel Pérez Martín (Bauta, La Habana, Cuba, 1944). Periodista y escritor. Es autor de la novela Salida definitiva (2008). Acumula una larga trayectoria como reportero, articulista y editor de prensa escrita,  radio y television en Cuba, America Latina y Estados Unidos. Actualmente reside en Miami.

En cumplimiento del deber

Desde 1978 al 1980 estuve asignado al Batallón #2 en el poblado de Viana,  a 18 km de Luanda.

Recuerdo que estaba al mando del capitán Mastrapa; al fondo y como a 500 metros estaba un grupo de cañones 85 milímetros al mando de un oficial de nombre Buchereau y como a 200 metros a la izquierda había un grupo de cañones 57 mm al mando de un oficial al que le decían El Tinta.

Estas tres unidades eran conocidas por el resto del regimiento como el Triángulo de las Bermudas por la mala fama de estos tres oficiales al mando y la disciplina casi de reclusos que imponían. Todo cambió un poco a nuestra llegada ya que éramos el primer grupo de reclutas mandados a pasar el servicio militar en Angola y pese a todas las medidas nos fugábamos a los quimbos a negociar, comprar comida, etc.

El hambre que pasábamos era terrible mientras los oficiales tenían comedor aparte y salían a la capital a fiestas todas las semana. Recuerdo que a las 10.00 pm era la hora de acostarse todo el mundo y después de esa hora dos o tres nos escapábamos de la unidad. Sólo armados con bayonetas caminábamos como 2 km por el monte hasta llegar a una nave donde almacenaban pan que luego en la mañana vendían a los angolanos y en ese lugar burlábamos la vigilancia de los guardias angolanos y nos metíamos por una ventana a robar pan. Hoy pienso que nos hubieran matado fácil y me imagino que les dirían a los familiares que caímos en cumplimiento del deber, porque ni locos iban a decir que morimos por no morir de hambre. ¿Hay por acá alguien de esa epoca en el Bon 2?

(Testimonio del lector Jesús)

El año del miedo

Leonardo Padura

Leonardo Padura

Las novelas de Leonardo Padura (La Habana, 1955) gozan hoy de gran popularidad dentro y fuera de Cuba. Sus narraciones policiales han conformado un retrato descarnado de la realidad cubana contemporánea en una búsqueda que combina rigor literario, indagación de la historia y compromiso con los latidos de su tiempo. La más reciente novela del escritor, El hombre que amaba a los perros (Tusquets, 2009), sobre el asesinato de Trotski,  traza una estremecedora parábola con las utopías y los totalitarismos del siglo XX.

En 1985 Padura fue enviado como colaborador civil a Angola. De esa experiencia nació el cuento “Los límites del amor” (1987) y se derivaron otras referencias en episodios y personajes de su narrativa, como Carlos ” El flaco”, un veterano de la guerra postrado en silla de ruedas

El autor viajó recientemente a Puerto Rico, donde dictó un ciclo de conferencias sobre cultura cubana y presentó El hombre que amaba los perros.

El testimonio que presentamos a continuación fue entregado como cortesía a La última guerra.

EL AÑO DEL MIEDO

Aunque suelo tener mala memoria para las fechas –puedo hasta olvidar cumpleaños y aniversarios importantes– hay dos días que han quedado marcados para siempre en mi memoria: el 1 de octubre de 1985 y el 27 de septiembre de 1986… Los 360 días que van entre una y otra fecha los viví, hora a hora, en un país en guerra: Angola.

A pesar de que mi presencia en el país africano formalmente no tenía que ver con el mundo militar, pues iba como periodista encargado de reportar las actividades de la colaboración civil –médicos, maestros, constructores que ayudarían a la devastada nación–, apenas llegado a Angola fui llevado, como el resto de los técnicos y colaboradores cubanos, a un campamento militar donde cumplí quince días de riguroso entrenamiento que incluía clases de táctica, caminatas y los indispensables ejercicios de tiro con el fusil soviético AKM.

Para mí, aquella era una experiencia inédita, pues había crecido en un país sin guerra y por una u otra razón había atravesado la “edad militar” sin ser llamado a las filas del Servicio Militar Obligatorio ni cursar ninguna de las numerosas escuelas de guerra que existían para los jóvenes y estudiantes cubanos –incluida la llamada Catedra Militar que se impartía en la universidad. La guerra y las armas habían sido para mi vida, hasta entonces, realidades y objetos lejanos, por los que, además, no sentía la menor atracción.

Pero desde aquel día de octubre de 1985 en que utilicé el AKM en el polígino de tiro, hasta el día de septiembre de 1986 en que me devoliveron el pasaporte para regresar a Cuba, un fusil y cuatro cargadores de balas fueron parte de mis pertenencias pues, como nos era dicho al llegar a Angola, “estábamos en un país en guerra y, llegado el momento, todos seríamos soldados”.

Quizás la misma fortuna que me había salvado de escuelas y campamentos militares me preservó de tener que intervenir en cualquier acción de guerra durante aquel año que viví en Angola. Incluso, en las clases de preparación militar que nos impartían un domingo al mes, pude escabullirme de los ejercicios de tiro y tal vez yo sea, de todos los cubanos que pasaron por aquel país, el que menos utilizó su fusil.

Pero ni la suerte ni la aversión natural que siento por cualquier acto de violencia pudo resguardarme del primero y más invencible efecto de la guerra: la sensación de miedo.

No siento la menor vergüenza al confesar que los 360 días que viví en Angola tuve miedo: los miedos más diversos y persistentes, los más compactos y devastadores. Miedo a que se intensificara la guerra civil entre el MPLA gobernante y la rebelde UNITA; miedo a la siempre anunciada invasión del ejército surafricano y a que mi frágil condición de civil pudiera ser trastocada por una orden superior y me transformara en un soldado más del ejército cubano que durante catorce años intervino en la guerra de Angola; miedo a las emboscadas y las minas antipersonales que podían sorprender a cualquiera fuera de la ciudad de Luanda; miedo a las bombas que, esporádicamente, sacudían las ciudades; miedo a las noches de juerga de los soldados del MPLA, que festajeban sus borracheras con ráfagas al aire; miedo a las “flechas” antiaéreas que acechaban a los aviones civiles y militares en los que debi viajar a varias provincias de la nación africana; miedo a convertirme en uno más de los miles de mutilados que dembulaban por todo aquel inmenso país. En fin, miedo a morir en una guerra en la que no quería estar.

Aquel ha sido, sin duda, el más terrible de los 47 años que hasta ahora he vivido. El fantasma de una guerra real, con muertos y heridos reales –algunos de ellos con rostros familiares, conocidos y hasta queridos–, me acompañó cada día y me persigue hasta hoy, cuando en mis peores pesadillas sueño que estoy de nuevo en Angola y siempre regresa, desde lo más recóndito de mi memoria, el recuerdo vivo y lacerante del año del miedo.

Sin embargo, creo que después de todo le debo agradecer a la vida haber tenido la experiencia de pasar todo un año en un país en guerra. Quizás porque no tuve que usar mi fusil AKM ni fui uno de los mutilados de aquella contienda. Pero tener la posibilidad visceral de entender qué es la guerra y qué es el miedo a la guerra me han hecho un hombre mejor –¿o será peor?– porque soy capaz sentir lo mismo que sienten el ciudadano palestino y el ciudadano isrealí en medio de una guerra interminable en la que, ellos mismos, pueden ser las próximas víctimas; porque sufro como cualquier colombiano común con las sucesivas imágenes de violencia y muerte de un país que se desangra desde hace medio siglo; porque cuando leo reportajes sobre las guerras de Chechenia, Bosnia y Croacia siento en mi piel la aversión que me provocan los nacionalismos fundamentalistas que solo se resuelven en la guerra, la muerte y el miedo. Y también porque cuando puedo leer que Angola pone fin a 25 años de guerra fraticida siento la misma alegría que seguramente han sentido Joao, Antonino, Luandino, Pepetela y mis otros amigos angolanos por tener la posibilidad de volver a vivir en un país sin guerra, aunque ya nunca puedan librarse del recuerdo de los días, meses y años que han vivido con miedo.

Sé que el miedo es un sentimiento humano y que la guerra es una constante de la humanidad. Pero soy tan empecinado que me atrevo a soñar que algún día los seres humanos podremos vivir sin guerras y que entonces despojaremos nuestras vidas del más absurdo y lacerante de los miedos.

Leonardo Padura Fuentes

Mantilla, 26 de abril de 2002.

Huellas de Angola: Síndrome de estrés postraumático

Veterano de la Guerra de Angola, fotografiado en 2001 en La Habana (www.lumika.org)

Esta foto, que ha circulado ampliamente en internet,  se ha convertido en un símbolo de los veteranos cubanos  de la Guerra de Angola, pero no es la más representativa.

De Angola regresaron numerosos combatientes  mutilados  -el número preciso nunca se ha hecho público- , y el estado que los mandó a la guerra ha hecho muy poco por atender sus necesidades. En Cuba las aceras no están adaptadas para el desplazamiento de las sillas de ruedas, y escasos edificios cuentan con elevadores.

Para mí, sin embargo, el símbolo del veterano cubano de Angola es aquel hombre o mujer, quizás  indistinguible de otros a simple vista, que calla y sufre en silencio los efectos de la guerra sobre su salud mental.

Lamentablemente, en Cuba, como en la mayoría de las sociedades, confesar el sufrimiento causado por los recuerdos de una guerra es considerado un rasgo de debilidad de carácter, objeto de burla y escarnio.

En la década del 80 Estados Unidos  acuñó oficialmente el término Post Traumatic Stress Disorder (PSTD), y este país marcha a la avanzada en el estudio de ese trastorno que afecta la salud mental de personas que han sufrido experiencias traumáticas, como las guerras.

Según datos de la Asociación de Veteranos de EEUU, 830 mil veteranos de Vietnam sufrieron el PSTD. Un estudio más reciente, del 2008, indica que 1 de cada 5 veteranos de Iraq y Afganistán presenta síntomas de PSTD.

El tabú que rodea las enfermedades mentales ha comenzado a levantarse y esos veteranos reciben tratamiento y apoyo.

Es posible que algunos de los veteranos cubanos de Angola que leen este blog padezcan del PSTD sin saberlo. Por eso enumero a continuación las características de ese trastorno mental y consejos para enfrentarlo.

De acuerdo con el Instituto Nacional de Salud Mental de EEUU, el PSTD puede causar:

  • Pesadillas
  • Escenas retrospectivas o la sensación de que un acontecimiento aterrador sucede nuevamente
  • Pensamientos aterradores que no puede controlar
  • Alejamiento de lugares y cosas que le recuerdan lo que sucedió
  • Sensación de preocupación, culpa, o tristeza
  • Sensación de soledad
  • Problemas para dormir, sobresaltos
  • Sensación de estar al límite
  • Arrebatos de furia
  • Pensamientos de hacerse daño o hacer daño a otros

El PTSD comienza en momentos diferentes dependiendo de la persona. Los síntomas de PTSD pueden empezar inmediatamente después del evento traumático y permanecer. Otras personas desarrollan síntomas nuevos y más serios meses o hasta años más tarde.

Las medicinas pueden ayudarlo a tener menos miedo y a estar menos tenso. Es posible que necesite algunas semanas para que los medicamentos surtan efecto. Conversar con médicos especialmente capacitados o consejeros también ayuda a mucha gente con PTSD. Ese tipo de tratamiento se llama “terapia de conversación” o psicoterapia.

Consejos:

  • Manténgase en contacto. Usted no está solo frente a esto, por eso no se aparte. Hable sobre su estrés y sus temores con su familia, con sus amigos, vecinos y compañeros de trabajo. Puede ser que ellos también estén experimentando algo similar. Quizás ellos puedan compartir con usted algún aspecto que le sirva de ayuda.
  • Póngase en forma. Reduzca el estrés desarrollando una rutina regular de ejercicios. Haga la prueba de caminar alrededor de la manzana cada atardecer, jugar al tenis, trabajar en el jardín o tan sólo hacer ejercicios de estiramiento en su sala de estar.
  • Evite las drogas y el alcohol. De la misma manera que el estrés, le roban energía y nublan la forma en que usted percibe las personas y las cosas.
  • Dedique parte de su tiempo a una actividad relajante. Trate de reducir el tiempo que dedica a preocuparse por las cosas que no puede controlar. Una buena manera de lograrlo es disminuir o eliminar aquellas actividades que pueden causarle estrés. Vea una película, únase a un club, llame a un amigo, vaya de pesca, asista a un concierto o juegue con el perro. Haga un programa para hacer aquellas cosas que siente que lo relajan.
  • Retenga algo de control.  Mantenga su rutina tanto como sea posible.

Un homenaje a nuestros muertos en Youtube

La canción se llama Veterano y es del trovador Frank Delgado, quien estuvo en Angola.

Esta es la última estrofa:

Conozco la cofradía de los valientes,
los que en el fragor avanzan siempre hacia el frente,
los que esconden sus hazañas tras la modestia,
a otros que se apuntaron más de la cuenta,
algunos que con la guerra se enriquecieron
y los domingos organizaban safaris,
también amigos que no volvieron.
Pero lo que dio mi gente en esa batalla
perdónenme el adjetivo pero no cabe
en la calamina de una medalla.