Recuerdos de la pacotilla

Uno de los primeros billetes de kwanza emitidos por el gobierno de Agostinho Neto

Uno de los primeros billetes de kwanza emitidos por el gobierno de Agostinho Neto

Si conseguir la pacotilla era difícil, trasnportarla o hacerla apasar era peor.
Los oficiales que viajaban de vacaciones a veces tenían compromisos con los soldados de llevarles relojes y ropa de niño a sus familias.

En mi unidad había un grupo de oficiales que eran reservistas y por tanto tenían muy buena relación con su  tropa (los militares de carrera eran menos arriesgados y comprometidos, a veces). Como en esa época se usaba viajar de traje o guayabera (estaba prohibido viajar con ropa militar, cosa que luego se volvió obligatorio cuando ya no valía la pena guardar tanto secreto o misterio sobre las tropa en Africa) debajo de aquellos trajes lo que iba era de ampanga.

Había oficiales que habían bajado de peso y por tanto el traje les quedaba ancho, de manera que podían ponerse dos y hasta 3 bloomers, medias de pelotero o pantys rellenas de pullovitos o jueguitos de niño, con los dobladillos de las sábanas hacian unos largos tubos y allí, enlazados unos con otros iban echando los relojes, y despues se los envolvían en la cintura o se los cruzaban por el pecho como una canana; la gente pasaba de todo, desde cuchillos de caza hasta animales escondidos.

Cuando ya eso no daba más, pusieron el detector de metales para joder eso y para poderle quitar más pacotilla a los soldados y oficiales, que ya habían demostrado haber aprendido bastante…..de manera que trabajar en la aduana militar se convirtió en el mayor negocio de la guerra.

Había que poner todo lo que uno llevaba en una mesa, donde abrían los maletines y te revisaban, pues si llevabas cosas de metal encima, sonaba el aparato.

Los aduaneros abusaban mucho, aunque a veces tenías suerte y te tocaba uno que no estaba para el daño, o que era socio de un socio, o pariente de un combatiente y decías una contraseña y el tipo entendía. Pero  a veces los cambiaban. Y se te ponia difícil el asunto. Ya uno sabía que si queria pasar una ducha, debía comprar dos, la segunda para el aduanero.

Las cosas compradas en Futungo o la Muñeca tenían un recibo, por tanto esas no las decomisaban pero siempre se podían pasar algunas cosas como si las hubieras comprado “oficialmente”: cosméticos, algún reloj, juguetes, en fin, boberías.

Los que llevaban buenas cargas eran los altos oficiales, pues ellos no pasaban por ahí, iban directo al avión o podían enviar cosas en las valijas, aparte de que les pagaban mucho más que a los demás combatientes, les dejaban pasar regalos que un soldado se le hubiera decomisado. Objetos de arte, tallas en maderas preciosas, equipos electrónicos de lujo, piezas de autos o motos, joyas y ropas de marca (no las imitaciones baratas de la candonga). En fin, la pacotilla es un capítulo aparte de la Guerra de Angola. (Testimonio del lector Murcielaguito)

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Yo recuerdo que el tipo al que mas  kwanzas le vi era un sargento de mi batallón, que un día me encargó en la candonga una manzana para ponérsela a Shangó y sacó el rollo de billetes del bolsillo, diciéndome…” y eso no es nada, tengo tres bolsas de caretas antiguas enterradas con “mis ahorros”. De paso me consigues pimienta negra también y dos velas que le voy a poner un ebbó a Echú para despetroncar al trinca que tengo encarnado hace días pues algun chivatón le ha dicho que tengo plata…” Y esa plata era de la pacotilla.

¿De dónde la sacaba? Eso nunca lo pude saber exactamente.

La plata por la pacotilla creció, y el ebbó salio mal pues el trinca siguió despetroncando gente, aunque a él lo dejó quieto -dicen algunos que porque era informante de aquel trinca. (Testimonio del lector Antón Calloso)

La batalla de los pilotos por sus mujeres

Los pilotos Orestes Lorenzo y Fidel Pérez en Angola en 1983. Lorenzo desertó a EEUU en 1991. Foto tomada del blog HavanaLuanda

Los pilotos Orestes Lorenzo y Fidel Pérez en Angola en 1983. Lorenzo desertó a EEUU en 1991. Foto tomada del blog HavanaLuanda

La batalla de los pilotos por llevar a sus esposas no fue nada fácil. La lengua se les gastó a más de una docena de ellos. Se corrió la noticia de que el Mando Superior estaba considerando la opción de las mujeres de los pilotos de caza.

Al principio de la guerra se decía que la misión se podía dar por concluida a los seis meses o al alcanzarse la cifra de 300 horas de vuelo. Eso no se encontraba escrito en ninguna parte (práctica común en Cuba), pero se cumplía con más o menos días de retraso o adelanto. Tiempo después se alargó hasta un año sin vacaciones, independientemente de las horas de vuelo. No contaba el agotamiento físico y mental. Por último se establecieron dos años con vacaciones cada seis meses.

La idea de las esposas acompañantes no era del todo mala. Se fundamentaba en aquellos matrimonios de varios años de constituidos, con posibilidades reales de permanecer en Angola durante el tiempo de duración de la misión.

El igualitarismo, absurdo y ridículo, al que aparentemente estábamos acostumbrados, provocó que esta medida se hiciera extensiva a todas las categorías de pilotos, sucediendo lo que era de esperar:

Pilotos que se casaron con la primera que les pasó por delante, con tal de irse acompañado para Angola.

Pilotos recién casados, que talmente parecían salir en viaje de luna de miel en lugar de ir a la guerra.

El caso de los tripulantes de la aviación de transporte se trató de forma diferenciada. Lograron que el tiempo de misión se mantuviera en un año con la condición de no llevar a las mujeres.

Fueron los más sensatos. (Testimonio del lector Manchiviri)

Las mujeres cubanas en Angola

Mujeres cubanas en Angola. Foto: Getty Images

Mujeres cubanas en Angola. Foto: Getty Images

El testimonio de la lectora María del Pilar, uno de los escasos escritos por una veterana al margen del oficialismo cubano, arroja luz sobre la situación de las mujeres en Angola y el acoso sexual de que eran víctimas, en especial las médicas y paramédicas.

Ese delicado tema es tabú en la historiografía cubana y también en la memoria colectiva de los veteranos. Estoy segura de que muchos de los lectores de este blog -la mayoría hombres- pueden recordar algún episodio de acoso que protagonizaron o presenciaron, ya que era asumido como normal en ese momento y en esas circunstancias. Y sospecho que con el paso de los años varios de esos mismos lectores se habrán sentido avergonzados de haber participado en ellos directa o indirectamente. En el caso de los veteranos que viven en Estados Unidos y Europa, la severidad conque las leyes tratan el acoso sexual seguramente ha contribuido a una mirada crítica sobre ese aspecto de la vida de los internacionalistas en la Guerra de Angola.

Hurgando en Internet encontré este testimonio escrito por  Esteban Casañas Lostal, quien describe la situación descarnadamente:

“¿Qué fue lo que vi en Angola relacionado con la participación de la mujer ? Mucha mierda, en ese país se mantuvo durante 15 años a más de 50,000 hombres, claro esto es generalizando, de estas personas, una reducida cantidad eran mujeres, no puedo argumentar el porciento pero creo que no llegaban al 10 %, se imaginan, 10 mujeres entre cien. Deben imaginarse también la demanda que había de ellas por esa jauría de lobos locos por el sexo (…)

Pues bien, la cacería de ellas comenzaba desde el mismo momento en que bajaban de avión de Cubana en el aeropuerto, allí, en el salón de espera se encontraban aquellos cabrones que tenían medios de locomoción, y seguían los autos o buses hasta los albergues donde las mismas eran asignadas, algunos de ellos eran jefes o tarugos de estos. Los que fueron a ese país con la misión de buscarle mujeres a sus jefes comenzaban la cacería, primero visitas ingenuas a los amigos que conocían en esos edificios, después las invitaciones en apariencia inocentes a las actividades privadas, después las proposiciones inmorales, y cuando había resistencia, las trampas o el chantaje.

Las trampas eran que las endrogaban y tomaban fotos para chantajearlas posteriormente, o las chantajeaban diciéndoles que las mandarían a provincias apartadas de la capital, eso significaba que no verían vestigios de civilización hasta que cumplieran su misión, o les hacían promesas de pacotilla, etc, etc,etc. De todo se vio en Angola, pero también hay que sumarle a ello que la mujer es un ser humano como los hombres y que no siempre fue víctima de estas situaciones, supongamos que no le sucedió nada de esto, pasado el tiempo de abstinencia sexual, llegó un dia en que se encontró con uno de los miles de hombres disponibles y le gustó, eso le pasa a cualquier ser humano (…)”

Pueden leer el resto del artículo “Angola, la mujer cubana y la familia” aquí .

Si algún lector o lectora quiere compartir una anécdota que ayude a entender mejor el trato a las mujeres cubanas en Angola, adelante. Les recuerdo que el anonimato está garantizado para quienes lo deseen.

Las semillas de Cuba en Angola

Niños angolanos. Foto: US Fund for UNICEF

Niños angolanos. Foto: US Fund for UNICEF

Al niño angolano de quien quiero hablar hoy lo conocimos viajando con una brigada de tanquistas en Angola, si mal no recuerdo por la provincia de Huambo. Era uno de tanto niños huérfanos de la guerra. Tenía unos nueve o diez años, ¿quién sabe?. Iba de lugar en lugar con aquellos cubanos que le habían brindado cariño y sustento.

Me pareció necesario hacer algo por él. Lo convencimos de venir para Luanda con nosotros. No olvido sus ojos grandes como platos  cuando viajó en el AN-26 rumbo a la capital. Era de noche y miraba asustado las luces a su alrededor. Todo era tan nuevo para él… Lo llamamos Cristóbal  y él quiso colgarse el apellido de Ferreiro (que aunque en realidad es gallego le pareció más cercano al portugués). Vivió con nosotros en la Casa Uno (Casa de visita de los oficiales cubanos en Angola).

El pastor alemán Kim era su compañero de juegos. Asistía a una escuelita cercana en la playa que se divisaba desde nuestra terraza. Le encantaba  ver las películas y dar de comer a los monos que vivían en el lugar. Más tarde fue a estudiar a La Isla de la  Juventud y regresó  a su  Angola natal. Tuvo un destino más afortunado que los miles de niños que la guerra dejó por todas partes. Muchas veces me pregunto qué habrá sido  de él. Su última carta fue desde la Isla. Hoy tendrá unos 43 años más o menos.

El otro niño que recuerdo mucho es una clase de historia. En la base hospitalaria de Luanda trabajaba una chica angolana, hija de portugués, que fue como voluntaria en 1975. Se llamaba Filomena Coehlo. Le gustaba la medicina, pero aunque no tenía estudios médicos se hizo muy útil en el servicio de neurocirugía.  Cuando yo sustituí al neurocirujano de ahí en 1977, ella fue un apoyo muy especial para mantener las cosas funcionando , ya que me desplazaba con mucha frecuencia al frente. El ejército solo tenía un neurocirujano y se desplazaba junto a un cirujano (había mas de uno), un ortopédico (también había más de uno) y una enfermera anestesista, cada vez que en los frentes había bajas.

Filo estaba embarazada. Un día la busqué en la sala y me dijeron “fue a Maternidad”, que quedaba en el hospital de al lado. Unas horas después, al terminar de ver los heridos fui a verla y me dijeron “ya parió y se fue a casa”. Literalmente a partir del día después de parir venía con su niño a trabajar. Le conseguimos una especie de playpen con un colchoncito y la pusimos en la sala de electroencefalogramas, que era bastante limpia. Ese niño era hijo de un cubano, quien trabajaba en la fiscalía de la misión militar. La mamá sólo le pidió a él que por favor lo inscribiera como hijo de cubano. Estaba muy orgullosa de que así fuera. No quería pensión ni nada, solo la nacionalidad. Él le dijo que sí, pero se fue sin hacerlo.

Ella le escribió y no tuvo respuesta. La ayudamos a cursar su petición. La demanda de paternidad le llegó a este oficial a su casa en Cuba, donde su esposa se enteró. Tuvo entonces no solo que reconocerlo (había muchos testigos de esa relación), sino también que proveer. Su huida le costó cara. No pensó que la chica iba a tener apoyo para reclamarle. Como este incidente, pero sin final justo, hay cientos de niños que son resultado de la permanencia cubana en Angola. (Testimonio de la lectora María del Pilar)

Recuerdos de María del Pilar

María del Pilar en Angola

María del Pilar en Angola

Seguro que muchos veteranos recuerdan a  la neurocirujana que viajaba por toda Angola con el general Tomasevich en la década del 70. No tengo problemas para hablar sobre mi relación con él. Era conocida por todos, incluyendo su familia. Sus hijos compartían los fines de semana en La Habana con nosotros y con mi hija.

María del Pilar era mi nombre de guerra. Yo, aunque militar de profesión en los servicios médicos, en realidad era mercenaria pues soy española. Viví muchos episodios allí al estar a diario en compañía de Tomás, con quien compartí mi vida por años.

Recuerdo el día que volé por primera vez a Angola, en 1978. En el avión militar solo viajábamos dos mujeres, una con su esposo -un coronel-, y yo, que en ese momento tenía 27 años . Nadie sabía quién me esperaba en Luanda Se sentó un oficial a mi lado y comenzó a querer asustarme , que si no me recogían de mi unidad, que si los FAPLAS  nos detenían… todo para intentar convencerme de que fuera adonde él iba en Luanda De hecho, los oficiales iban al aeropuerto  a esperar los aviones, para poder pescar “carne fresca”, sobre todo de las enfermeras.

No puedo olvidar la sorpresa de ese oficial cuando el avión finalmente aterrizó tras problemas por falta de iluminación en la pista y el jefe de la contrainteligencia entró en el avión y me sacó a mi antes que a todos. ¡Y la cara que puso cuando vio que era el jefe de misión el que me esperaba! Las mujeres éramos tratadas como poca cosa a pesar que muchas de nosotras habíamos dejado incluso a nuestros hijos para estar allí haciendo nuestro trabajo.

Recuerdo también, como anédcota curiosa, que justo después del ataque a Casinga una delegación con Sam Nuyoma, el líder namibio, la delegación civil y militar cubana y miembros de una comisión de la ONU se juntaron para visitar los campamentos namibios y en lo posible evitar otras masacres como esa. Viajamos durante días en Land Rovers por toda la región sur, hacinados literalmente.

Yo fungía además de traductora de la parte cubana ( inglés /castellano, ya que me habia criado en USA hasta los 17 años). Ibamos en la parte trasera del vehiculo principal, casi como equipajes, el comunicador y yo. Mis narices se llenaron de fango, de tanto polvo que tragamos. Llegamos a un campamento donde había mujeres cuanhamas, que llevan anillos y el pelo arreglado con una mezcla de boñiga de vaca y aceite vegetal que les pone el pelo de color amarillento.

Yo llevaba mi larguísimo pelo rubio en trenzas durante días, y el sudor hacía que me picara todo el tiempo el cuero cabelludo, así que en un alto decidí aprovechar y cepillarme el pelo. Para sorpresa de todos los presentes, me rodearon todas las mujeres; la escolta temió algo pudiera suceder, pero por señas supe que solo querían poder tocar mi pelo. La más vieja del grupo pidió permiso para tocarlo y explicar a las otras que mi pelo era de ese color y no tenía el emplaste que ellas usan. Les asombraba que pudiera cepillarse libremente. Fui la primera mujer blanca que vieron. Luego supe que sus maridos les colocan pesado collarines de plomo para evitar que se alejen de ellos, ya que así se cansan por el peso. Terrible. (Testimonio de la lectora María del Pilar)

Un desvío muy costoso

Boinas rojas cubanas

Boinas rojas cubanas

En mi unidad en Huambo eran siempre dos los soldados que llevaban el correo al regimiento cada día y recogían lo que hubiera llegado. Por lo general había un camión que iba diariamente dos veces de nuestro campamento a ese lugar. Un día de 1986 no hubo camión por no haber petróleo y los dos soldados de turno tuvieron que ir a cumplir su misión a pie.

Como la Caperucita Roja o Ricitos de Oro, se desviaron de su camino: se entretuvieron con unas cuantas kwanzas en el bolsillo, se fueron a la candonga, se compraron una botella de vino y se la tomaron. Nuestro batallón era bastante mal visto por las otras unidades, por una simple razón que llevaba al equívoco siempre: éramos de Tropas Especiales y usábamos boinas rojas, las mismas que usaba la Prevención (o Policía Militar, encargada de cazar desertores o prófugos del SMG, Servicio Militar General) y con los cuales nada teníamos que ver. Pero los demás soldados y oficiales nos veían con rencor y miedo, y hasta el Estado Mayor de la Guarnición a la que pertenecíamos se atrevía a “embarajarnos” cuotas de comida y combustible, en represalia por viejas rencillas ocurridas con la Prevención en Cuba, y nos dormían con el cuento de las asignaciones que no habían llegado.

Cuento este detalle porque fue decisivo en lo que sucedió a mis dos compañeros. Tras la embriaguez perdieron el control y al ver unas gallinas y pollos que deambulaban libres a la orilla del camino les dispararon, con la idea de recoger algunos y llevarlos de regreso al campamento y asarlos en grupo. No previeron que ese “inocente” tiroteo que armaron para cazar los pollos fue en las inmediaciones de una kimbería, y no muy lejos del Regimiento.

Los habitantes de la kimbería interpretaron el “asalto” como una muestra de violencia de los cubanos hacia ellos, y desde el regimiento la guardia reportó el tiroteo a plena luz, perfectamente visible desde las postas. Un cuarto de hora después los habían hecho prisioneros y dieron la alarma de combate a nuestro batallón. El objetivo era realizar un conteo físico, que resultaba innecesario pues en una escuadra como la nuestra solo faltaban oficialmente dos hombres y todos sabían que eran los del correo, pero así y todo el jefe del Batallón quería estar seguro de que eran dos hombres de los nuestros los del cuento…

Los dos soldados fueron apresados y enviados a nuestra unidad hasta ser juzgados por el tribunal de guerra.

Allí los trinkas los metieron en un calabozo que quedaba dentro del dormitorio de los oficiales, les pusieron dos guardias frente a la reja de hierro con candado, y prohibieron a todo el mundo el contacto con ellos. Nada de café y cigarros, bañarse o afeitarse; sólo se les permitió una comida al día y eran escoltados hasta la letrina por dos soldados del pelotón “suicida”, como le decían a los reclutas del SMG de nuestro batallón mixto, que se creían Rambos en miniatura.

Los trinkas solían asomarse a la reja a mirarlos durante largos minutos sin decirles nada, para martirizarlos sicológicamente; cosa innecesaria pues ellos jamás negaron la tontería que habían cometido. El jefe de su escuadra pidió permiso para llevarlos a bañarse cuando ya llevaban tres días allí, lo que le fue concedido al 5to dia, cuando ya apestaban más que el resto de nosotros. En nuestro campamento no había agua, había que esperar a que cayeran esos aguaceros que duraban a veces 10 horas, o  traerla en pipas del regimiento o de la Unidad Táctica de Tanques y eso ocurría una vez a la semana. Los que intentaron bañarse con agua de unos pozos cavados en la arcillosa tierra de aquel lugar terminaban podridos de nacidos, pústulas y costras en la cabeza.

Al final se les hizo el juicio. Los trinkas expropiaron todas sus pertenencias, con el pretexto de que la mitad pertenecía al Ejército por ser cosas militares y la otra mitad era producto del candongueo, considerando como pacotilla. Uno de los dos, tras mucho esfuerzo, logró salvar su reloj porque pudo mostrar que fue un regalo de su padre fallecido, quien lo había recibido como Vanguardia Nacional en Cuba. Como era un reloj bueno, uno de los trinkas ya le había echado el ojo, pues todo el mundo sabía que ellos se repartían las cosas que les expropiaban a los que cogían candongueando.

El incauto e inocente “asesinato” de una gallina -cuyo fin era comerla en grupo ante la escasez de alimentos que sufríamos por la tacañería del regimiento- y por el cual la dueña nativa pidió indemnización y todo, se convirtió en motivo de escarnio y prisión. Al ser los acusados dos tipos con boinas rojas, fueron sentenciados con más rigor y saña: dos años de privación de libertad en Cuba. Fueron sentenciados a ser “enyesados” -expresión que aludía al inicio de la guerra, cuando a los cubanos repatriados por problemas se les enyesaba todo el cuerpo como una manera de maniatarlos sin mostrar esposas o cadenas, pues eso daba una mala imagen y además la guerra de Angola en aquellos años del inicio, como todos saben, era algo secreto.

Para cuando ocurrió esto que cuento, ya no se usaba ese procedimiento -si es que se usaba, pues eso está dentro de los cuentos que uno escuchaba allá y nunca pude comprobar si era cierto.

Pues fueron repatriados como presos de guerra y tuvieron la suerte de que un alto oficial de las FAR que “construía su casa con recursos propios” y con el trabajo de presos convertidos en obreros de la construcción (por supuesto, la casa no le costó nada hacerla), un tipo bastante “buena gente”, se conmovió con ellos y los puso bajo su mando, y por buena conducta libraron un poco antes. De lo que nunca se libraron fue del escarnio de haber estado presos casi dos años por matar una gallina y haber perdido el prestigio de la medalla de Internacionalista, ademas de los carnés de la UJC.

¿Cuántos años les debían haber echado a los altos oficiales que solían cazar gacelas ? ¿O a los trinkas nuestros que sacaron del almacén 5 sacos de arroz de un batallón que agonizaba de hambre para comprarse en la candonga una moto con side-car para sus “operaciones secretas”?

(Testimonio del lector Murcielaguito)

La guerra de las verdades

Por Ezequiel Pérez Martín

Probablemente yo sea uno de los cubanos que menos tiempo estuvo en Angola, de entre los cientos de miles que fueron a ese país durante los primeros 15 años de la guerra civil que se extendió desde 1975 hasta 2002.
Pero mi corta estancia bastó para darme cuenta de lo que había detrás de dos hechos específicos que durante muchos años se han movido en el campo de los rumores y las especulaciones: las reacciones allí sobre el fusilamiento del general Arnaldo Ochoa y la verdadera cantidad de cubanos que murieron durante el conflicto bélico en ese país.
Mi presencia en Angola se limitó a 21 días y no tuvo nada que ver con el campo militar de la vida real, aunque sí con el de la ficción, porque fui como periodista a realizar reportajes cinematográficos y terminé haciendo tres pequeñas escenas como actor en la película Caravana, la primera en la historia de la cinematografía cubana que se filmaba totalmente fuera del territorio de la isla.

Llegue un mediodía de octubre de 1989 al aeropuerto de Luanda y de allí me trasladaron directamente a un set de filmación, para comenzar a realizar de inmediato mi trabajo periodístico. Me vi por primera vez en medio de cámaras, micrófonos, cables, gritos del director, del productor, de actores y técnicos y de mucha tensión porque se estaba comenzando a ocultar el sol y había que filmar rápidamente una escena antes de que el astro rey hiciera mutis.
Un par de noches después Rogelio Paris, su director, se atrevió a pedirme lo inesperado. Necesitaba que yo hiciera un papel en el filme, pues el actor que estaba asignado para darle vida a ese personaje, había tenido un problema personal en La Habana y, definitivamente, no asistiría a la filmación.
Rogelio no tenía tiempo que perder y contaba con pocas opciones.
Argumentó que yo podría desempeñarlo porque era algo simple, porque yo podía hablar inglés (lengua materna del personaje) y porque mi físico se asemejaba al de un surafricano blanco.
Y así me vi metido dentro del traje del general Van Beck, la pieza principal de la maquinaria de apoyo a los rebeldes de la UNITA. O sea, yo era el peor enemigo de los cubanos en la película (tiempo después, mi hijo Ernesto me preguntaría, siendo un niño de unos seis o siete años: “Papá, lo que no entiendo es que si tú eres el más malo de todos, ¿por qué no te matan en la película?”).


Había mucha presión por concluir el rodaje a causa de dos razones principales (pero no las únicas): muchos cineastas, actores y personal de apoyo llevaban ya seis meses en Angola y por otro lado los equipos de filmación se necesitaban ya en La Habana.
Esto quiere decir que cuando se llevó a cabo en Cuba el fusilamiento del general Arnaldo Ochoa, la gran mayoría de ellos estaba en Angola.
Por mis actividades periodísticas tenia que trasladarme frecuentemente desde el campamento militar donde vivíamos hasta Luanda, para transmitir mis reportajes vía telefónica a La Habana. En varios de esos viajes tuve que visitar el comando general de las tropas cubanas en la capital angolana.
Durante muchas horas, a la espera de que apareciera un vehículo que regresara al campamento, conocí en el centro de mando a muchos cubanos que hacía meses o años se desempeñaban como militares en ese país.

¡Y cuál no sería mi sorpresa al ver que la mayoría de ellos siempre trataba de conocer las reacciones de sus compatriotas en la isla tras la muerte de Ochoa!
Era un tema recurrente. Siempre querían saber más y más. Pero si eso me sorprendió, peor aún fue cuando también una buena cantidad de ellos me confesaba en secreto, que no estaban de acuerdo con “lo que hicieron con el general”.
Escuché muchas anécdotas sobre el carisma y la popularidad de Ochoa. Decían que el general se preocupaba siempre por el bienestar de sus subordinados. Era realmente un hombre de mucho arraigo entre su tropa y me fui de Angola con la impresión de que aquellos soldados y oficiales estaban profundamente enojados y frustrados por la decisión del régimen de fusilarlo.
En el campamento ocurría otro tanto. No sólo por parte de los militares que se ocupaban de nuestra seguridad, sino entre algunos actores y técnicos. Se les notaba en su forma de expresarse la simpatía que sentían por Arnaldo Ochoa.
Asimismo, escuché más de un testimonio, matizado por el enojo, la frustración y el miedo a revelarlo, sobre la cifra de cubanos muertos en Angola. Muchos de los que confiaron en mí me dijeron que en el cementerio destinado a ellos había más de 10 mil tumbas.

Pocos años después, el régimen cubano anunció que serían trasladados a la isla los restos de todos los caídos en la guerra de Angola. La cifra era sustancialmente menor a la que aseguraban los mismos que estuvieron arriesgando sus vidas en aquel país, la mayoría de ellos en contra de su voluntad, pues aunque la versión oficialista decía que eran defensores del “internacionalismo proletario”, en su fuero interno sentían que aquella era una guerra que no tenía nada que ver con el pueblo cubano.
En el enfrentamiento entre “verdades individuales” y “verdades oficiales”, las últimas suelen prevalecer sobre las primeras… pero sólo temporalmente, hasta que desaparezcan las circunstancias que les permiten a los “escritores de historias oficiales” seguir ocultando la realidad.
Cuando la historia verdadera salga a flote, se verá si aquellos rumores y especulaciones, emitidos bajo el síndrome del terror inherente a todo régimen totalitario, sirven como fieles exponentes del dicho popular “cuando el río suena es porque piedras trae”.

Ezequiel Pérez Martín (Bauta, La Habana, Cuba, 1944). Periodista y escritor. Es autor de la novela Salida definitiva (2008). Acumula una larga trayectoria como reportero, articulista y editor de prensa escrita,  radio y television en Cuba, America Latina y Estados Unidos. Actualmente reside en Miami.